¿Qué hacemos con lo que no decimos? ¿A dónde va lo que callamos?

Siempre creí que se esas cosas se instalan en el alma, esperando el momento para salir a la superficie, como un submarino. Son como puñales que se incrustan en el pecho, generando malestar. Pueden estar allí por años, se pueden acumular de a montones y llegar a ser apilados. Eso que nos callamos por un tiempo, sea corto o sea una eternidad, nos pesa y lo llevamos con nosotros como una espina.
Cuando entendemos que expresar esas emociones nos hace liberarnos, ya no nos callamos nada. Pensar, no voy a decir tal cosa, porque ya fue, ya paso. O no voy a opinar de esto por miedo a quedar en ridículo, o por miedo a perder a alguien, hace que nos llenemos de emociones reprimidas, ya sea por el motivo que fuere y nos enferma por dentro. No hay nada como poder expresar lo que uno siente con la libertad de hablar y decir lo que tiene ganas.
Liberarnos de esas palabras que nos guardamos, nos quita un peso del alma. Nos libera completamente a no ser esclavos de lo que no decimos.

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